Antes de leer miró la firma, y no pudo evitar un gesto de extrañeza. ¿Quién era aquel sacerdote “Dom” Vicenzo Novelli, que firmaba? No recordaba conocer persona alguna de tal nombre, y, aguijoneado por una curiosidad creciente, se apresuró a leer aquella carta, tan rápidamente como se lo permitía la letra microscópica y su conocimiento del idioma italiano.

Al concluir el primer párrafo exhaló un grito que expresaba terror y sorpresa.

El padre Corsi, su amigo íntimo, su agente en el “Gesú”, el que le preparaba la elección de general, procurando acortar la vida del que desempeñaba actualmente tan alta autoridad, había tenido un fin trágico y acababa de morir entre horribles dolores en casa de un pobre sacerdote romano, que era el mismo “Dom” Vicenzo Novelli, que escribía al padre Claudio.

La carta contenía una historia horrible, que el padre Claudio leyó varias veces como si no pudiera convencerse de su verosimilitud.

Era aquello el aviso que un moribundo, por conducto de un amigo fiel, enviaba a su colega para que se salvara si aún era tiempo.

X

La justicia jesuítica.

El padre Corsi dormía en su celda del “Gesú”, de Roma, cuando le despertó repentinamente una ruda impresión.

En el corredor inmediato sonaban los pasos recatados de varias personas, y por las rendijas de la puerta filtrábase dentro de la celda una luz rojiza y vacilante.

El jesuíta se incorporó, en el mismo instante que el reloj de la casa daba la una de la madrugada y se abría la puerta de la celda, que, según disponía la regla de la Orden, no podía cerrarse durante la noche.