—Se presentarán las pruebas a su debido tiempo—contestó el general con frialdad—. Mientras tanto, contestad breve y verídicamente a cuanto se os pregunte. ¿Acostumbráis a escribir mucho en vuestra celda?
—Algunas veces escribo a varios amigos que tengo en las ciudades de Italia, donde he residido; pero esto, con poca frecuencia.
—¿Cuando escribís secáis vuestras cartas con arenilla?
El padre Corsi reflexionó antes de contestar. Siempre había usado, al escribir, el papel secante; pero creyó mejor el negarlo, por ese instinto de falsedad que siente todo acusado de conciencia intranquila, y afirmó:
—Sí, reverendo padre; gasto arenilla.
—Y ¿no hacéis nunca uso del secante?
El general miró de un modo tan terrible al acusado, que éste balbuceó:
—Sí; creo recordar que también lo he usado algunas veces.
—Acercaos a la mesa, padre Corsi, y ved si reconocéis la hoja de secante que el padre secretario tiene en sus manos.
El acusado obedeció, fijando sus ojos con expresión estúpida en aquella hoja de secante que le enseñaba el jesuíta. Era blanca y estaba manchada por algunos borrones y garabatos ininteligibles. Eran, sin duda, las huellas que en la hoja habían dejado los renglones secados.