—Este papel—continuó el general—ha sido encontrado en vuestra celda.

El padre Corsi pensó que negar empeoraría su situación. Miró el papel, en el que nada sospechoso se leía, y dijo después:

—Aunque no recuerdo si este papel ha sido mío, bien pudiera haberme pertenecido. Ni niego ni afirmo.

—Está bien; padre secretario, haced delante del acusado la prueba que antes habéis mostrado al tribunal.

El joven secretario sacó de debajo del montón de papeles un pequeño espejo y colocó ante el cristal el pedazo de secante.

—Padre Corsi—continuó el general—, mirad ese espejo y ved si podéis leer algo.

El acusado comprendió inmediatamente lo que significaba aquella orden y se estremeció de espanto. Estaba ya cogido en la red.

Las huellas que en aquel papel había dejado el escrito secado parecían garabatos ininteligibles miradas directamente, pues el orden de las letras en las palabras estaba invertido; pero puestas ante el espejo, recobraban su primitiva posición, ya no estaban al revés, y se reflejaban en el cristal de modo que la lectura era fácil.

Todo el contenido de la página secada surgía en el espejo, y aunque algunas palabras donde la pluma no había apretado mucho aparecían borrosas, el conjunto era perfectamente legible.

El padre Corsi, ante aquel descubrimiento inesperado, se sintió desfallecer y sus rodillas se doblaron, cayendo de hinojos el infeliz.