—¡Perdón, padre mío! ¡Misericordia! Ha sido una tentación del diablo. Perdonadme, que nunca más me sentiré acometido por tan malos pensamientos.
Las quejas y sollozos de aquel desventurado no causaron efecto en el tribunal.
—Padres—dijo el presidente—: la prueba es completa. Antes de sentenciar invoquemos, según costumbre, a la gracia divina para que nos ilumine.
Todos los jueces, con la cabeza descubierta, se arrodillaron y los cuatro legos que obstruían la puerta hicieron lo mismo.
Durante algunos minutos aquel augusto silencio sólo fué turbado por el murmullo que producía el “Veni Sancte Spíritus” que rezaban y los sollozos del reo que, con la cabeza sobre las baldosas, lloraba como un niño.
El tribunal terminó su rezo y volvió a ocupar sus asientos.
—Padres, ya conocéis la fórmula de sentenciar; pero la costumbre me ordena que os la advierta. Si creéis que basta con expulsar de la Orden al reo, contestad a mi pregunta: “¡Expelleator!”; si le creéis digno de absolución, decid “¡Insons!”; pero si le consideráis merecedor de la muerte, contestad “¡Pereat!” ¿Estáis prontos a sentenciar?
Los seis jueces inclinaron sus cabezas.
Comenzó el terrible acto, y el infeliz reo, que seguía con el rostro sobre el suelo, oyó seis veces la palabra “¡Pereat!”, dicha por diversas voces, pero siempre con igual energía.
Su muerte estaba ya acordada.