—Padre secretario, escribid—dijo el general—, que el padre Corsi va a revelaros quién era su cómplice. ¿Era el padre Claudio?

El infeliz mutilado, en medio de su cruel situación, aún intentó resistir; pera la vista del brasero, la terrible mirada del general y aquel dolor horrible que le producía espeluznantes convulsiones, dieron al traste con su valor que renacía, y en voz baja, como si se avergonzara de su debilidad, contestó:

—Sí; era el padre Claudio.

Aun le hizo el general numerosas preguntas sobre el fin que perseguían con sus maquinaciones, contestando el padre Corsi con desmayados monosílabos.

Cuando quedó claro y palpable que el padre Claudio, por medio de su amigo Corsi, había intentado escalar la suprema autoridad de la Compañía envenenando al general, éste se dió por satisfecho.

—Terminado el juicio, padres míos—dijo a los demás jueces—, el acta en que se consigna cuanto aquí ha ocurrido, una vez escrita con arreglo a nuestra clave secreta, quedará en el archivo secreto de la Compañía. Ahora sólo falta que se cumpla la sentencia.

—Hermanos—continuó, dirigiéndose a los cuatro legos—, conducid al padre Corsi a su última morada.

El infeliz, desalentado y poseído ya del vértigo que le producían su horrible situación y sus heridas, apenas se sintió conducido por los brazos de aquellos hombres.

Abrióse una pequeña puerta en un extremo de la subterránea sala y el fúnebre grupo bajó unos cuantos escalones, dejando al sentenciado sobre el húmedo suelo.

La impresión de frescura que aquellas losas produjeron en los abrasados pies del padre Corsi, le reanimaron momentáneamente haciéndole abrir los ojos.