El desgraciado, indignado por aquel ruego hipócrita, contestó con un juramento indecente, y acto seguido sintióse levantado del suelo, en posición horizontal, por ocho robustos brazos.
Un rugido horrible, espeluznante, retumbó en la sala.
Los pies del padre Corsi acababan de descansar sobre aquel montón de fuego. Intentó el infeliz contraer las piernas para escapar de aquel tormento, pero uno de los cuatro sayones se las sujetaba con hercúlea fuerza, haciendo que los pies quedasen inertes sobre el brasero.
Rugía el infeliz con voz que no parecía humana y se agitaba en agónicas convulsiones entre aquellos brazos que le tenían agarrotado.
El fúnebre silencio que reinaba en aquella sala era turbado por los mugidos de dolor que exhalaba el sentenciado, víctima de los más horribles dolores.
Chisporroteaba el fuego con más fuerza que antes, y un humo espeso, de olor grasiento y nauseabundo, esparcíase por la sala.
Los pies del padre Corsi se carbonizaban envueltos en las ardientes brasas. Era imposible resistir más y el jesuíta iba a desmayarse.
—¡Misericordia, asesinos!—dijo con vez débil—. ¡Tened piedad de mí!
—Hablad—contestó el general, que seguía tan frío como de costumbre ante aquel horrible espectáculo—. Decid lo que os preguntamos.
El reo hizo una señal afirmativa, y los cuatro hermanos le retiraron del tormento y lo pusieron en posición horizontal, aunque sosteniéndole para que no tocase el suelo, pues sus pies eran dos informes muñones, chamuscados y sangrientos, que esparcían un hedor insoportable.