—No—dijo con energía el sentenciado—. No es el padre Claudio, al que apenas conozco. Es otro; pero nunca diré su nombre.
—Hermanos, cumplid vuestra misión.
A esta orden, dada con indiferencia, dos de los robustos legos dejaron de sujetar al padre Corsi y se dirigieron al rincón donde estaba el descomunal brasero.
Cogieron del suelo un gran fuelle, avivaron el montón de rojos carbones y después, valiéndose de su fuerza hercúlea, arrastraron el brasero al centro de la sala.
El padre Corsi no había presenciado esta operación por verificarse a sus espaldas; pero de pronto sintió una impresión de calor y volviéndose vió aquel montón de fuego que lucía de un modo horrible en le penumbra.
Aquello desvaneció la serenidad que había mostrado momentos antes.
Al ver el fuego dió un salto atrás e intentó librarse de aquellos dos legos que le sujetaban con sus robustos brazos; pero, repuestos los guardianes de la sorpresa que en el primer instante les produjo el repentino movimiento, lo aprisionaron con más fuerza.
El padre Corsi, como un mísero ratoncillo entre las zarpas de dos gatazos, se revolvía furioso y desesperado; pero a los pocos instantes fué derribado al suelo y allí, con la sotana desgarrada y el rostro arañado, permaneció inmóvil.
Sintió cómo bruscamente y a tirones le arrancaban los zapatos y las medias, y así que quedó descalzo, la voz del general volvió a sonar, aunque con tono marcadamente sardónico.
—Nuevamente os lo ruego, querido padre Corsi. Decidnos quién era vuestro cómplice y no nos deis el disgusto de obligarnos a atormentaros.