El tribunal había salido de su impasibilidad para interrumpir varias veces al sentenciado:
—¡Impío!... ¡Blasfemo!...
El padre Corsi era el que ahora permanecía impasible, gozándose interiormente con la irritación que sus palabras producían en sus jueces.
El general fué el primero en serenarse.
—Padres míos, os recomiendo la calma. El sentenciado quiere llevarse a la tumba secretos de gran importancia para la Compañía. Tenía cómplices de su crimen y esto es lo que importa averiguar. Escribía con frecuencia a Madrid, y aunque presumimos quién podía ser la persona con quien se comunicaba, no tenemos de ello certeza absoluta. Los renglones impresos en este secante y que habéis leído antes por medio del espejo, son fragmentos de una carta en la que él habla de sus preparativos para dar fin a mi vida. Se dirige en ella a una persona de su confianza, a un amigo a quien promete un gran porvenir cuando yo muera; pero su nombre no figura allí y esto es lo que nos importa saber. ¿Creéis, padres, que tenemos derecho a que el sentenciado nos revele ese nombre antes de ser encerrado en el calabozo?
—Ya lo oís, padre Corsi; estáis en el deber de revelarnos ese nombre. Hablad, pues.
—No quiero, general asesino; no hablaré. Se trata de un amigo, de un buen compañero, que ha sido bondadoso para mí y me ha dispensado siempre tantos favores como tú perjuicios. No diré su nombre; puede hacer el tribunal lo que guste.
—¡Oh! Hablaréis, padre Corsi—dijo el general, reproduciendo su horripilante sonrisa—. Algo que no esperáis os hará decir la verdad. Creed, desgraciado padre, que sentimos en el alma amargar con crueles tormentos el poco tiempo que os queda de vida.
—¡Miserable!—dijo el sentenciado por toda contestación—. En ti está la crueldad hermanada con la más dulce hipocresía. Mereces ser el general de la Compañía.
—Por última vez: ¿declaráis el nombre de vuestro cómplice? ¿Es el padre Claudio? Reparad que estamos convencidos de ello. Y únicamente queremos vuestra declaración para ratificarnos.