No quería que el General de los jesuítas supiera que él era depositario de su secreto y que había recibido en casa a su mutilado enemigo.
“Conozco demasiado—decía—el poder de la Compañía y la facilidad y prontitud con que sabe librarse de aquellos que le estorban. A pesar de que no os conozco, reverendo padre, siento hacia vos una viva lástima. Sé quién es el padre General y hasta dónde llega su carácter iracundo y vengativo. Si queréis seguir el consejo de un hombre anciano y experimentado, creedme; apenas leáis esta carta salid de la Compañía y poneos en salvo. El rayo de Roma no tardará en caer sobre vuestra cabeza.”
XI
Humillación.
El padre Claudio, después de leer la carta varias veces, cayó en un estado de profundo desaliento.
Era tan terrible aquella noticia y llegaba tan inesperadamente que al audaz jesuíta le faltaba el valor indomable que había demostrado en otras ocasiones.
Su situación acababa de ser despejada de un modo terrible. Los altos poderes de la Compañía tenían ya certeza de su traición y no tardaría en sufrir él una muerte igual a la del padre Corsi.
No había que esperar misericordia. El, que conocía como nadie de lo que era capaz el Gobierno de la Orden, comprendía la certeza de aquellos consejos que le daba el sacerdote Novelli en su carta, y pensaba que lo más acertado era huir y substraerse a la venganza de la Compañía, ya que todavía era tiempo.
¡Huir!... conforme con ello; pero ¿dónde dirigirse? ¿Qué hacer, viejo ya y abandonado de todos?
Y mientras pensaba en lo difícil e incierto de su situación, el padre Claudio murmuraba con estúpida terquedad: