—¡Estoy perdido! ¡Estoy perdido!

Así permaneció más de una hora, hasta que por fin una sonrisa iluminó su rostro, y levantó la frente, antes abatida, con expresión de triunfo.

Tenía adoptada su resolución. No huiría, pues huir era para un hombre como él, cien veces peor que la más horrible muerte. El campeón de la Compañía que se había distinguido siempre por su valor moral a toda prueba, no podía escapar como un cobarde al saber que su perdición estaba decretada en Roma. Combatiría, ya que éste parecía ser su destino, y a pie firme, sin salirse de la Orden, esperaría los ataques de sus enemigos, seguro de que éstos tendrían que bregar mucho antes de derribarle.

Además había reflexionado mucho sobre su situación y no la encontraba desesperada. Era amigo de la reina y de los principales políticos, poseía secretos que le hacían muy respetable para el Gobierno, y cuando se viera perdido dentro de la Compañía, con salirse de ella ya estaba libre, pues la venganza de Roma no iría a buscarle en el seno de la sociedad civil, donde contaba con buenos amigos.

Tenía, pues, la retirada cubierta y mientras tanto podía desesperar a sus enemigos, desafiándolos con su insolente permanencia en la Compañía, sin negar las maquinaciones que había organizado en combinación con el padre Corsi.

Aquella resolución audaz, hizo recobrar al padre Claudio su antiguo valor, y sintió impaciencia por demostrar a sus enemigos de Roma que no los temía y que tampoco ignoraba sus intenciones respecto a él.

El padre Tomás, aquel jesuíta solapado que sobornaba a su secretario e iba poco a poco labrando su perdición, era el representante de sus enemigos, y contra él se propuso romper las hostilidades.

Quería ser el primero en atacar, para que en Roma se convencieran una vez más de su valor.

Tan seguro estaba el padre Claudio de su poder, que se permitía risueñas ilusiones.

No; sus enemigos no se atreverían a intentar nada contra él. El General había osado acabar con el padre Corsi, porque éste era un jesuíta de escasa importancia, y además lo tenía en el “Gesù” al alcance de su mano; pero tratándose de todo un padre Claudio, consejero privado de personas reales, sostenedor de gobiernos, y además residente en España lejos del Gobierno central de la Compañía, sus enemigos de Roma ya se cuidarían de intentar hostilidad alguna y lo respetarían, aunque en adelante lo tratasen con frialdad.