Iba a ceñirse el cordón que le presentaba el sacristán y que era el recuerdo de la cuerda con que Jesús fué torturado en su Pasión, cuando, fijando sus ojos en el gran espejo que delante tenía, vió cómo entraba con su habitual cautela el padre Tomás.

La presencia de aquel hombre turbó la alegría del padre Claudio. Mostrábase el italiano como siempre, sonriente y humilde; pero el viejo creyó ver en él una expresión diabólica de gozo que no había notado en los otros días.

El padre Tomás fingía admirablemente en público una subordinación absoluta a aquel hombre que sólo era su escribiente.

—Reverendo padre—dijo acercándose al padre Claudio—; el templo está hermosísimo. Pocas veces he visto una fiesta tan deslumbrante. Puede usted estar orgulloso de oficiar ante un concurso de fieles tan distinguidos. Crea que le envidio el papel que va a desempeñar.

—Eso mismo pienso yo, padre Tomás—dijo mezclándose oficiosamente en la conversación el padre Felipe—. Vale la pena oficiar ante gente tan notable.

Y el sencillote jesuíta, sin fijarse en que el padre Claudio estaba murmurando las oraciones propias del acto de revestirse, púsose a reseñar por sus nombres todas las damas distinguidas que estaban en la iglesia y varias veces le distrajo con su charla.

Entró otro jesuíta, que era el padre Luis, el famoso orador sagrado encargado de pronunciar el sermón en aquella festividad.

El orador, convencido de su valía y de su gloria, mostraba en su conversación bastante petulancia, y trataba a todos con dulce benevolencia y cierto aire protector.

No tenía prisa, pues aún tardaría el momento de subir al púlpito, pero venía a ver cómo se revestía el padre Claudio, su maestro y protector bondadoso, y a fumar un cigarrillo. El predicador no podía callarse, y pegándose al padre Claudio, con la misma familiaridad que si estuviese en su despacho, le anunciaba de antemano el éxito que iba a alcanzar con el sermón, y recitaba por adelantado algunos de sus fragmentos, al mismo tiempo que guiñaba un ojo o se interrumpía, diciendo:

—¡Eh, reverendo padre! ¿Qué le parece a usted este parrafito? ¡Cómo se quedarán esas tortolitas místicas que vienen a escucharme! ¿Pues y este parrafillo en que les doy de firme a los pícaros revolucionarios?