Mientras el predicador iba anticipando a entregas su sermón y el simple padre Felipe le oía con aire de embobado, el padre Tomás abordaba en un extremo de la habitación al atribulado sacristán, que, aturdido por aquellos preparativos extraordinarios, iba de un punto a otro sin saber qué hacerse.
—¡Qué, querido hermano! ¿Está ya todo corriente?
—Creo que sí, padre Tomás. ¡Si usted supiera cómo tengo la cabeza!... Esto es cosa de volverse loco. Yo creo que está todo... a ver... El altar mayor lo han encendido hace ya rato; el misal lo acaban de llevar los muchachos; los dos ayudantes se han revestido ya; el reverendo padre lo está haciendo ahora; ahí está el cáliz, ahora... ¿qué más puede faltar?
El padre Tomás sonrió con cierta sorna:
—¿Y las vinajeras, desgraciado? ¿Y las vinajeras?
El sacristán hizo un movimiento de retroceso y se golpeó la frente con las dos manos, con la misma expresión de desaliento del inventor que descubre un defecto capital en la obra que creía perfecta.
—¡Virgen santísima!—balbuceó quedo, como si no quisiera que nadie se enterara de su descuido—. Es verdad. ¡He olvidado las vinajeras! ¡Qué descuido! Gracias, padre Tomás; muchas gracias. A no ser por usted, hubiese cometido una majadería.
Y se abalanzó a un pequeño armario, de donde sacó unas vinajeras de rico cristal tallado, montadas sobre un armazón de plata antigua artísticamente labrada.
Llenó una en el hilillo de agua de la fuente; destapó después una gran botella que estaba en el mismo armario, y vertió en la otra redomilla un chorro de vino que se transparentaba con reflejos opalinos, y caída produciendo un delicioso “glu-glu”. Sacó de un cajón un lavamanos limpio y cuidadosamente planchado, púsolo entre las vinajeras y fué a salir por el obscuro pasadizo que desde la sacristía conducía al altar mayor.
El padre Tomás detuvo por la manga al azorado sacristán: