—¿Adónde va usted, hermano? Quédese aquí, donde es necesaria su presencia, y así nadie reparará en su olvido. Yo me encargaré de llevar las vinajeras al altar.

El sacristán, no sabiendo cómo agradecer al italiano su bondad, lanzóle una tierna mirada, y el padre Tomás desapareció en el obscuro corredor llevando las vinajeras.

Nadie se apercibió de aquello en la sacristía. Los dos ayudantes de la misa y el otro jesuíta discutían en el extremo opuesto, de espaldas al lugar donde habían hablado el italiano y el sacristán, y en cuanto al padre Claudio, no había visto nada, ocupado como estaba en arreglarse la pesada casulla y en escuchar al padre Luis, cada una de cuyas palabras asombraba y enternecía al robusto padre Felipe.

Llegó el momento de comenzar la misa, y el celebrante y sus dos ayudantes entraron uno tras otro en el obscuro pasadizo, precedidos del sacristán y los acólitos. El padre Claudio, sujetando el cáliz con la mano izquierda y apoyando en la tapa del mismo su derecha, iba rezando oraciones.

El padre Felipe se quedó en la sacristía para acompañar al vivaracho orador, que seguía fumando su cigarro y haciendo comentarios sobre el efecto que iba a causar su sermón.

Aparecieron el celebrante y sus dos ayudantes al son de una marcha triunfal que entonaba el órgano, y en la vasta nave conmovióse aquella grey devota y aristocrática, que, sudando, cuchicheando a media voz y agitando el abanico aguardaba con la misma curiosidad expectante que en el Real las noches del début.

Comenzó la misa y los fieles se mostraron muy atentos a los cantos que salían del coro, reconociendo interiormente que los jesuítas sabían hacer las cosas muy bien y que aquella capilla de música era de lo más notable que podía oírse en Madrid.

El sagrado simulacro del drama en que Jesús fué protagonista deslizóse sin incidente alguno hasta que llegó el momento del sermón.

Los tres oficiantes sentáronse en ricos sillones, e inmediatamente la música rompió a tocar una graciosa marcha, que hacía mover instintivamente los lindos pies a la mayor parte de las aristocráticas damas que ocupaban la nave.

Era la señal de que el predicador iba a salir, y no tardó en aparecer en el altar mayor el padre Luis, con roquete de deslumbrante blancura, graciosamente rizado y encañonado.