En cuanto a los jesuítas que ocupaban el presbiterio, formando un apretado haz de negras sotanas, no le oían con tan extremada expresión de entusiasmo, pero tenían en sus labios una angelical sonrisa y acariciaban con su mirada al compañero, que tan hábil era para conmover a aquella clase que el padre Claudio, en la intimidad y en sus momentos de buen humor, llamaba siempre “papanatas aristócratas”.

El viejo jesuíta, ocupando con su desbordada obesidad todo el gran sillón, y muy molestado por el peso de aquella rica casulla que le hacía sudar, escuchaba el sermón con cierta complacencia. Todas las frases del orador le resultaban lugares comunes sin ningún interés, pero le complacía el considerar que aquel hombre admirable era su discípulo, y que algunas de las palabras que más efecto causaban las había aprendido el predicador de su antiguo maestro.

Aquel sermón, era para el padre Claudio, como un lindo espejo en el cual se contemplaba, encontrándose rejuvenecido.

A pesar de esto, fastidiábase en algunos momentos de la longitud del sermón que tanto gustaba al público, y molestado, además, por las vestiduras y el calor, buscaba el entretenerse paseando su vista por aquella concurrencia, en la que encontraba un sinnúmero de caras conocidas.

Vió en primera fila a la baronesa de Carrillo, llorosa y conmovida por la elocuencia del predicador, como la mayor parte de las damas, que tenían vueltos los ojos al púlpito.

Todos miraban al padre Luis, cada vez más magnífico y arrebatador; todos... menos el padre Tomás, pues el viejo jesuíta, al fijar varias veces su mirada en el grupo que formaban los padres más importantes, vió siempre que el padre italiano tenía los ojos en él, con una expresión que al padre Claudio, sin saber por qué, le parecía poco tranquilizadora.

Ya no atendió el celebrante al sermón, preocupado por aquellas extrañas miradas del italiano, y entregado a conjeturas y sospechas, pasó el tiempo hasta que el padre Luis terminó su discurso.

Cuando se apagó el murmullo de las tres avemarías que los oyentes rezaron a la Virgen por consejo del predicador, reanudóse la misa con gran contentamiento del padre Claudio, que derecho y moviéndose, no sufría tantas molestias como en el mullido sillón.

La capilla de música volvió a llenar el espacio del templo con celestiales armonías, y el público, fatigado por el excesivo entusiasmo que el sermón le había producido, seguía ahora la marcha de la misa con completo recogimiento.

Llegó el instante recordatorio de la consumación del divino sacrificio, y el padre Claudio elevó la hostia a los acordes de la Marcha Real. El cáliz de oro, había sido llenado a su tiempo con el contenido de las vinajeras, por el encargado de todo el servicio de la mesa.