El celebrante bebió tres veces la preciosa sangre que contenía la áurea copa, sin apartar los labios del borde y cuidándose, como es regla, de consumir hasta la última gota del líquido.
Al beber el padre Claudio, no pudo evitar un pequeño gesto de repugnancia. Su frío paladar encontraba algo de extraño y acre en aquel vino sagrado, que él cuidaba siempre que fuese de agradable gusto, pues no era muy aficionado a bebidas alcohólicas.
Pero esta impresión pasó inmediatamente. El padre Claudio justificaba la extrañeza de su paladar. Acostumbraba a no beber vino en las comidas, y como por sus importantes negocios le había dispensado el Papa de decir misa obligatoriamente, hacía mucho tiempo que no consumaba el divino sacrificio, y había, por tanto, perdido la costumbre.
Poco faltaba ya para que la misa terminase, de lo que se alegraba bastante el viejo jesuíta.
No estaba él ya para fiestas como aquélla. La rica casulla le molestaba con su peso, y el calor y el humo de los cirios le mareaban hasta producirle náuseas.
Era, sin duda, por el afán de terminar por el que el padre Claudio se sentía más ligero y vigoroso conforme avanzaba el tiempo.
Parecía circular por sus venas una sangre nueva y extremadamente ardiente, y al mismo tiempo que se sentía con mayor vigor, comenzaba a experimentar amagos de vahidos y le parecía que el altar, los que le rodeaban y el inmenso auditorio iban de un momento a otro a agitarse en fantástica contradanza.
El padre Claudio también se explicaba aquello y se decía interiormente:
—Estoy ebrio. Ese vinillo es demasiado fuerte y se me ha subido a la cabeza.
Y ebrio debía de estar, porque en ciertos momentos se tambaleaba ligeramente, y a pesar del excesivo calor que sentía en su cuerpo, las piernas se negaban a obedecerle.