Hacía esfuerzos para que nadie notara su estado y recitaba sus oraciones con voz confusa, procurando que no se fijaran en su lengua, cada vez más torpe y estropajosa.
A costa de grandes esfuerzos llegó al final de la misa, y cuando, volviéndose a los fieles, hubo de entonar el “Ite, misa est”, salió de su garganta una voz ronca, tan estridente y extraña, que él mismo se asustó.
Sólo con gran esfuerzo de los pulmones pudo entonar tales palabras, y aquella violencia que hizo, le perdió.
Apenas se había extinguido en las bóvedas el eco de su voz, el padre Claudio tornóse densamente pálido, llevóse las manos al pecho, arañando la rica casulla, y se tambaleó próximo a caer al suelo.
Por fortuna, acudieron los más cercanos a él y lo sostuvieron en sus brazos.
El anciano, con las facciones desencajadas, agitábase en espantosas contracciones y abría la boca con angustia, como si le faltara aire para respirar.
Una ola ardiente subía por su garganta, ahogándole, y al fin su boca arrojó un gran golpe de sangre negra e infecta, que cayó sobre la rica casulla, manchando los relucientes bordados con repugnantes arabescos.
El público se arremolinaba en la nave, presa de la mayor curiosidad, y preguntando a voces qué era aquello.
El padre Tomás se confundió en el grupo que, con expresión desolada, rodeaba al padre Claudio.
—Es un ataque—dijo el italiano a los demás jesuítas—. Esto era de esperar. Su reverencia está demasiado gordo para su edad. Que lo lleven a la cama. Cójanlo ustedes y sáquenlo por aquí.