Poseía éste el arte de adivinar al primer golpe de vista los pensamientos de los hombres que le eran familiares, y acertó en esta ocasión.

El doctor Peláez, antes de entrar en la celda, había hablado largamente con el padre Tomás y sabía que éste era la única autoridad y que a él sólo debía obedecer.

No necesitaba saber más el doctor Peláez para ser en adelante un autómata del italiano, como lo había sido del padre Claudio.

El enfermo se abstuvo de hacerle ninguna revelación ¿Para qué? Estaba ya juzgada la honradez de un médico que le examinaba con fingida atención y que decía que aquella enfermedad era un derrame interno producido a consecuencia de un violento esfuerzo.

Intentó el padre Claudio darle a entender con expresiones indirectas que bien podía ser víctima de un envenenamiento, y el doctor miró al padre Antonio de un modo, que parecía decir:

—El padre Claudio está delirando.

Después de esta terrible decepción, al viejo sólo le restaba entregarse a sus desesperados pensamientos y morir.

Una resignación horrible se apoderaba de él.

—Muere—se decía—. Muérete como un perro viejo. Tus enemigos han sido más listos que tú. Les retaste sin medir bien tus fuerzas; sufre ahora la consecuencia. Cuando se es ya una ruina, como yo lo soy, resulta una petulancia desafiar a la gente vigorosa. He sido siempre muy afortunado: alguna vez había de perder. ¡A morir, viejo! A morir, abandonado de todos, rabiando, y sin tener el consuelo de vengarse de los enemigos. Vamos hacia la tumba para dar gusto al padre general.

Y el enfermo, convencido de su debilidad, hacía esfuerzos por resignarse con su suerte.