No era él como la mayoría de los enfermos, que asustados por la proximidad de la muerte, no creen en ella y se hacen ilusiones sobre un próximo restablecimiento.
El sabía que iba a morir. Sentía que el veneno minaba rápidamente su organismo, y, aunque no experimentaba los dolores y espantosas convulsiones del primer momento, notaba que su fuerza vital se desvanecía y que la muerte se aproximaba rápidamente.
Al anochecer, su dolencia se agravaba, y el enfermo veía ya inmediato el fin de su existencia.
Por un fenómeno extraño, el padre Claudio gozaba de gran lucidez para recordar su vida pasada y todos los hechos principales surgían en su memoria, claros y precisos, hasta el punto de causarle agudos tormentos morales.
Las familias que había trastornado con sus intrigas; las persecuciones políticas que había organizado; los hombres que estaban en presidio o en la tumba por su culpa; y, sobre todo, el infeliz conde de Baselga, su última víctima, desfilaban por su memoria, causándole una tortura moral mil veces peor que aquellos espantosos dolores que la intoxicación le produjo en los primeros momentos.
Y no es que el padre Claudio estuviera arrepentido sinceramente de sus hazañas, por lo que éstas tenían de perversidad. Hombres como él no se arrepentían ni deploraban los hechos que ya estaban consumados; pero sentía una rabia sin límites al pensar que había causado tanto daño en el mundo, que había traído sobre su cabeza tantos odios y tantos crímenes, todo en provecho de aquella Compañía y de aquel hombre que estaba en Roma, y que pagaba sus servicios con un poco de veneno.
El enfermo sentía la decepción horrible y desconsoladora del enamorado de la gloria, que pasa trabajando toda su existencia, y en los últimos instantes se convence de que su actividad ha sido inútil y de que su nombre se hunde en el mayor olvido.
Pero cuando el padre Claudio pensaba así, una idea, hija de su orgullo, venía a consolarle.
Le temían mucho los ambiciosos de la Orden; el padre general y los suyos le tenían miedo, y buena prueba de ello era que habían aprovechado la primera ocasión propicia para librarse de él.
Su vida les estorbaba y habían de procurar extinguirla cuanto antes, robándola hasta los últimos minutos. ¡Ah! ¡Si se pusiera al alcance de sus uñas aquel sicario italiano, enviado por el general para acabar con su vida!