Tan convencido estaba el padre Claudio de que sus enemigos tenían impaciencia por deshacerse de él, que hasta llegó a pensar que el veneno que circulaba por su cuerpo les parecía escaso, y que todavía, por medio del engaño, procurarían hacerle tragar nuevas dosis.
Por esto se negó a tomar las medicinas que por pura fórmula había recetado el doctor Peláez. Este era ya un autómata del padre Tomás, y podía haber recetado algo que acelerase aún la marcha de aquella vida que se escapaba.
El padre Claudio, apretando los dientes, adelantando las trémulas y vacilantes manos, se opuso a tomar los líquidos que le ofrecía su antiguo secretario, al que miraba con ojos que causaban gran turbación en el padre Antonio, no obstante su impasibilidad característica.
A pesar de que avanzaba la destrucción que el veneno iba operando en aquel organismo, eran menos frecuentes los vómitos de sangre, que dificultaban que al enfermo pudieran darle la comunión.
Esto era lo que discutían con gran calor en el aula donde se hallaban reunidos los padres más graves de la Compañía.
El padre Claudio no podía irse al otro mundo como un pagano, sin los últimos consuelos de la religión proporcionados con todo el aparato que exigía su elevada personalidad.
Los frecuentes vómitos dificultaban la administración del Viático al enfermo, y por esto aquel consejo de respetables jesuítas esperaba que cediese un tanto el derrame sanguíneo, para proporcionar al doliente aquel último consuelo.
Como si aquellos jesuítas tuviesen el instinto de adivinar de parte de quién estaba la autoridad, desde que el padre Claudio había caído enfermo, todos respetaban y obedecían a su “socius”, el padre Tomás, quien daba órdenes con una expresión que no permitía la menor réplica.
A él fué a quien envió el padre Antonio el recado de que el enfermo acababa de experimentar una momentánea mejoría y que ya no arrojaba sangre, e inmediatamente se dispuso el Viático con todo el aparato que se reserva para los padres de importancia.
Era al anochecer. El horizonte estaba teñido por las últimas fajas amarillentas y rojizas de la puesta del sol y las sombras del crepúsculo iban invadiendo la tierra, envolviéndolo todo en fúnebre melancolía.