Las campanas de la iglesia comenzaron a sonar con toques lentos y tristes y en el interior de la residencia circularon órdenes que pusieron a toda la comunidad en movimiento.
Novicios y padres abandonaron sus celdas para bajar a la iglesia, y en la sacristía, invadida por las sombras, comenzaron a chisporrotear los blandones encendidos que se repartían entre los dispuestos a formar la comitiva.
El padre Claudio no tardó en apercibirse de este movimiento.
Dominado por la rabia que le producía aquel fúnebre desenlace, estaba inerte en el lecho como si ya hubiese muerto.
La presencia de su antiguo secretario agravaba su malestar, y, sin duda por esto, gustábale permanecer envuelto en la espesa oscuridad que el crepúsculo esparcía por la habitación.
La sombra, privándole de la vista, parecía calmarle; pero ni aun este consuelo pudo gozar, pues el padre Antonio encendió dos velas ante un crucifijo que estaba inmediato a la cama.
—Reverendo padre—le dijo el secretario con tono hipócrita mientras encendía las velas—. Aunque no está usted próximo a la muerte y hay esperanzas de salvación, la comunidad ha dispuesto administrarle el Viático con toda la pompa que usted merece. Un buen cristiano debe estar dispuesto a recibir al Señor aun en las más leves enfermedades. Conviene precaverse para un caso inesperado.
El padre Claudio no contestó, pero hizo un gesto de desesperación, al mismo tiempo que se decía interiormente:
—Un tormento más.
Y bien fuese por esta contrariedad, o porque el tóxico obrara con más fuerzas, sintió que volvían a martirizar su pecho aquellos agudos y espeluznantes dolores experimentados en el primer instante del envenenamiento.