—Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam.
El padre Claudio conocía bien aquel canto, lo había entonado muchas veces con bastante indiferencia, marchando al frente de toda la comunidad, hacia la celda de algún compañero moribundo; pero en circunstancias tan terribles como las presentes, con aquel acompañamiento de lejanas y plañideras campanas, próximo a una muerte a que le habían arrojado traidoramente y sin esperanzas de ser vengado, aquellas voces le produjeron un escalofrío de terror.
Quiso evitarse aquel espectáculo fúnebre, sintió tentaciones de escapar de allí y aun intentó incorporarse en la cama; pero fué inútil, pues su cuerpo era ya un tronco inerte que no podía hacer el menor movimiento.
El padre Claudio, enclavado en aquel lecho de dolor, había de apurar todo el cáliz de amargura y sufrir el tormento de escuchar, hasta en sus menores detalles, la lenta marcha hacia su cama de aquella fúnebre comitiva que venía a anunciarle cómo la tumba estaba ya abierta.
La escalera se hallaba próxima a la celda y desde la cama oíase el rumor de pasos de toda aquella gente que comenzaba a subir con desesperante lentitud.
Otra vez estalló el mortuorio canto; otra vez las agudas y desagradables voces de los novicios y las roncas y graves de los padres conmovieron el espado con los sonoros y desgarradores versículos:
—Et secundum multitudinem miserationum tuarum dele iniquitatem meam.
El padre Claudio estaba anonadado por aquel canto. ¡Oh! Sí que sabían, en aquella casa, hacer las cosas con aparato; pero al enfermo no le hacían gracia los últimos honores que le rendían, y más hubiera apreciado que le dejasen morir en un rincón, con el rostro vuelto a la pared, pero al menos tranquilo y entregado a sus pensamientos.
Lo único que le consolaba era que pronto tendría ocasión de desenmascarar a sus asesinos en presencia de toda la comunidad, y por esto aún le desesperaba más aquella lentitud y los cantos que entonaba la comitiva deteniendo su marcha.
Aun resonaban en la escalera varias estrofas, hasta que por fin sonaron los primeros pasos de la comitiva en la galería, en cuyo fondo estaba la puerta de la habitación.