Esta se hallaba cerrada y por bajo de ella iba marcándose una ancha línea roja producida por el tropel de luces que lentamente iban acercándose.

La cama estaba colocada frente a la puerta, y el padre Claudio, con la mirada estúpidamente fija en aquella línea de luz, iba viendo cómo aumentaba en intensidad, conforme se oían más cercanos los innumerables pasos de la procesión.

Se abrió la puerta, y lo primero que entró por ella junto con un torrente de roja y luminosa luz, fué el lúgubre campaneo de la torre y otro estallido de horripilantes voces que cantaban la última estrofa:

Ne projicias me a facie tua; et spiritum sanctum tuum ne auferas a me.

El padre Claudio levantó cuanto pudo la cabeza y miró.

Desde la puerta al extremo de la galería, extendíase en dos grandes filas con blandones en las manos toda la comunidad, con las cabezas bajas, el aspecto encogido rebosando un dolor, hipócrita y el labio agitado por el terrible canto.

En el fondo, y casi confundido por el humo de los cirios, erguíase un sacerdote que llevaba en la mano el santo copón y a su lado otro sacerdote con el hisopo, la campanilla y todos los demás útiles necesarios para el acto.

Sobre el fondo oscuro de la galería, aquellos blandones que llenaban el espacio de más humo que luz colorando con tintas rojizas la doble fila de sotanas y aquellos rostros desmayados e inmóviles con los ojos fijos en el suelo, daban a la escena el aspecto interesante y aterrador de un drama inquisitorial.

El padre Antonio se dirigió a la puerta, y el enfermo, al ver lo que hacía, no pudo reprimir un movimiento de indignación y sorpresa. ¡Ah, traidor! Recomendaba a los jesuítas más próximos a la puerta que no entrasen en la habitación, pues con el humo de sus hachones podían causar molestias al enfermo.

Aquel miserable parecía haber adivinado la intención del padre Claudio, y sabía evitar sus revelaciones comprometedoras.