El padre Tomás fué la primera persona que se le ocurrió para el caso.
V
En el despacho del padre Tomás.
El poderoso jesuíta había recibido a doña Esperanza con una forzada sonrisa de resignación.
Aquella lagartona, con sus confidencias, sus intrigas y sus hojitas piadosas, que sometía a su examen antes de darlas a la imprenta, le tenía fastidiado, a pesar de lo convencido que estaba de la utilidad que prestaba a la Orden.
El padre Tomás había indicado al mandadero que le servía de ayuda de cámara que no dejase entrar a doña Esperanza en el despacho, pues temía la conversación interminable de la locuaz jamona que venía a turbar sus ocupaciones: pero en aquel día, la viuda de López manifestó tal urgencia y tantas veces pidió que la dejasen pasar, que al fin el lego, con el permiso de su superior, permitióle la entrada.
Tan largo fué el preámbulo que la locuaz señora puso a las revelaciones que pensaba hacer, que el jesuíta comenzó a arquear las cejas y a mover los dedos en señal de impaciencia, convenciéndose de que doña Esperanza, en aquella ocasión, como en las otras, iba sólo a estorbarle.
Pero pronto cambió de posición al notar que la viuda, atolondrada por tales muestras de impaciencia, entraba en lo más interesante de su consulta.
Nada calló la buena doña Esperanza, y procurando excusar su ligereza en aquel buen deseo que le animaba y le hacía servir a todos, fué relatando cómo había tenido conocimiento de los amoríos de María y cómo también se había prestado ella a desempeñar el papel de mediadora.
El jesuíta escuchaba inmóvil y silencioso, sin que en su rostro de marmórea fijeza se notase la menor expresión que delatase sus internas impresiones, y sólo cuando la viuda se detenía como indecisa y temerosa del efecto que sus palabras podían causar en el padre Tomás, éste salía de su mutismo para murmurar: