—¡Adelante! ¿Y qué más pasó?

Doña Esperanza no se detenía e iba relatando cuanto había llegado a saber y algo más que inventaba por propia cuenta.

En resumen; que los chicos se amaban mucho, que la cosa era más seria de lo que ella en el primer momento había podido imaginarse, y que temblaba solamente al pensar que la baronesa podía saber algún día la participación que su secretaria tenía en tales relaciones. Por esto acudía en demanda de auxilio y le rogaba al padre Tomás que no la abandonase en situación tan apurada, y que hiciese lo posible por remediar su ligereza. Bien sabía ella el noble interés que la Orden sentía por la familia Baselga, que tan ligada estaba por su piedad a la Compañía de Jesús, y por esto acudía al padre Tomás en demanda de saludable consejo.

El jesuíta quedó silencioso y reflexionando largo rato. Conocíase, a pesar de su frialdad exterior, que le había impresionado bastante la noticia.

Tenía sobre María formado un concepto muy distinto del de la baronesa; pero no esperaba encontrar a la joven comprometida por una pasión vehemente.

Por fin rompió el silencio para asegurarse de la formalidad de tales relaciones.

—¿Y dice usted, doña Esperanza, que son serios esos amores?

—¡Oh, reverendo padre! Esos muchachos se quieren de un modo que a mí me causa miedo. Es empresa difícil el separarlos, y crea usted que la baronesa tendrá que bregar mucho si quiere combatir esa pasión. Parece, al verlos tan dominados por el amor, que se conocen desde la niñez y que sólo la muerte podrá separarlos. ¡Ah, reverendo padre! ¡Si usted encontrase en su sabiduría un medio para desbaratar esa pasión que yo misma he fomentado con mi ligereza!

El padre Tomás preguntó, tras un largo silencio y con la expresión del que resuelve un problema:

—¿Sabe ese joven que María fué expulsada del colegio de Valencia por cierta aventurilla que usted creo ya conoce?