—No, reverendo padre; seguramente no tiene noticia de aquello.
Y la viuda afirmaba sus palabras con movimientos de cabeza, muy convencida de la certeza de cuanto decía. Ella estaba muy lejos de imaginarse que el protagonista de aquella aventura en los tejados, a la cual daba su malicia una importancia que no tenía, era el mismo Juanito Zarzoso, al que creía ignorante por completo de tal suceso.
El jesuíta, al oír las afirmaciones de la viuda, sonrió triunfalmente.
Ahí estaba la solución; el medio de enfriar aquel amor que asustaba a doña Esperanza, después de haberlo fomentado.
Ella sería la encargada de revelar al novio la aventura de María en el colegio de la Saletta, y el jesuíta tenía la certeza de que por este medio surgirían los celos y sobrevendría el rompimiento.
—Así lo haré, reverendo padre. Tan pronto como vea a ese pollo, le diré cuanto recuerde de aquella travesura de María, y no he de cejar hasta que logre que la desprecie.
El jesuíta se mostraba pensativo.
—Lo importante—murmuró—es que baste esto para que abandone a la niña.
—¡Oh! Bastará, reverendo padre. Es un joven que parece muy pundonoroso, y no le creo capaz de seguir amando a una mujer después de convencerse de que en su niñez andaba por los tejados y la encontraban dormida en brazos de un muchachuelo.
—¿Conoce usted bien el carácter de ese joven?