—Lo introduciré en casa de la baronesa sin darle otro carácter que el de amigo. Conviene que así que le vea usted en aquel salón trabaje en su favor; es decir, que le apoye en todos sus avances, haciendo de él grandes elogios y procurando inclinar del lado suyo el ánimo de María.
La viuda de López así lo prometió; y segura ya, en vista del giro que tomaba el asunto, comenzó a charlar alegremente de todos los negocios devotos por ella emprendidos con la cooperación más o menos directa de la Orden.
Acababa de librarse de aquel gran peso que gravitaba sobre su ánimo. Ya no temía a aquella baronesa, en el caso de que se descubriera la participación que ella había tomado en los amoríos de la sobrina. El padre Tomás era ahora su consejero, obraría por su mandato y podía escudarse bajo su inmenso poder, si se desataba contra ella la furia de doña Fernanda.
Cansóse pronto el jesuíta de la charla de doña Esperanza, que ya no le interesaba, y con muestras de marcada impaciencia, la dió a entender que era llegado el momento de retirarse.
Cuando la viuda salió del despacho, el padre Tomás frotóse alegremente las manos. Estaba solo, pues el padre Antonio, su antiguo secretario y cómplice, había muerto en Francia durante el período de emigración, y el astuto y desconfiado italiano comprendía las desventajas de tener siempre presente un compañero que, aunque adicto, podía llegar algún día a la infidelidad. Recordaba mucho la caída espantosa que él hizo sufrir al padre Claudio para que pudiese llegar a fiarse de autómatas que, al fin y al cabo, eran hombres.
Como estaba solo, no creyó ya preciso el disimulo, y sonriendo picarescamente, murmuró:
—Ya es hora de que volvamos a ocuparnos de la familia Baselga. Los millones esperan que vayamos a por ellos. Lo que el padre Claudio comenzó, yo lo acabaré más hábilmente. Nada de violencias... ¿Quiere casarse la niña? Pues bien, la casaremos; y por este medio, lo mismo que si entrase en un convento, su fortuna vendrá a nuestras manos.
Púsose grave el rostro del jesuíta, y tras una profunda meditación, murmuró:
—Somos invencibles; cada vez me convenzo más de ello. Donde uno de nosotros cae, se levanta al punto un nuevo hermano con mayores fuerzas, y siempre avanzamos impertérritos, sin vacilar un instante, hasta que conseguimos lo que nos proponemos.
FIN DEL TOMO SEPTIMO