—¡Oh! Seguramente lo producirá. No conozco a ese muchacho; pero por la descripción que usted me ha hecho de su carácter, adivino que forzosamente ha de producir en él un efecto terrible el saber esa aventura de María.
—¿Y si tanto le cegase el amor que, sobreponiéndose a los celos y al despecho, siguiese adorándola?
—Entonces todavía nos quedaría un medio seguro.
—¿Cuál, reverendo padre?
—¿No dice usted que el doctor Zarzoso muestra empeño en enviar a su sobrino a París? ¿Tardará mucho en verificarse este viaje?
—Antes de tres meses. Juanito terminará su carrera dentro de pocos días, y el doctor no tardará en enviarlo a París.
—Pues bien; la ausencia es el medio más favorable para combatir el amor. Ensaye usted el efecto de esa revelación que hemos acordado, y si el novio resiste, ya aprovecharemos su ausencia para convencer a María de que debe olvidar tales amores. La joven es altiva y tiene un amor propio excesivo e irritable; como logremos herirla en este punto vulnerable, seguramente que hará cuanto la digamos.
—Perfectamente. Sé ya cuál es mi obligación. Primero, abrir los ojos a este joven con la aventurilla de Valencia, y si esto no resulta, esperar a que se vaya a París, dejando entonces a vuestra paternidad que obre como lo crea más conveniente.
—Otra cosa ha de hacer usted. Yo creo que no me costará mucho convencer a la baronesa de que debe resignarse al casamiento de su sobrina. En tal caso buscaré entre los jóvenes que conozco y que aman a la Compañía como una santa institución, uno que, por su nacimiento, su educación y su religiosidad, sea digno de alcanzar la mano de María.
—Eso es lo que yo había pensado muchas veces, reverendo padre. A María le conviene un esposo así, y nadie como usted puede proporcionárselo.