—Y yo también. Esa joven quiere casarse, siente la necesidad de amar; y si nosotros logramos que rompa sus relaciones con el doctor Zarzoso, así que se desvanezca el pesar que esto le cause, no tardará en fijar sus ojos en otro hombre. ¿No lo cree usted así, amiga mía?

—Así lo creo; hace un instante que pensaba en lo mismo.

—Hay, pues, que ser cautos en este asunto; y ya que la niña va por el camino del matrimonio, procurar que no se extravíe en él, como su madre. La baronesa, empeñándose en hacer de María una monja y cerrando los ojos para todo la que no sea esto, corre el peligro de que su sobrina caiga en manos de un hombre que en modo alguno convenga a la familia, y que sea enemigo de esa religiosidad respetable que siempre ha residido en la casa de Baselga. Ya que ella, en su desmedido amor a la religión, es ciega en este asunto, nosotros seremos cautos y procuraremos salvar a María del peligro que la amenaza.

—Según eso, reverendo padre, ¿cree usted que María debe casarse?

—Así lo he creído siempre, amiga mía.

—Haría usted, pues, un gran favor a la pobre niña disuadiendo a su tía de los planes que abriga acerca de su porvenir y demostrándola que la felicidad de su sobrina no consiste en que entre en un convento.

—Así pienso hacerlo, y tenga usted la seguridad de que María se casará. Aquí lo que importa es que no venga a caer en manos de un impío como ese Zarzoso, que seguramente la apartaría del camino de la religión. Ya nos encargaremos, cuando sea tiempo oportuno, de buscarle un marido que le convenga.

—Y mientras llega esa oportunidad, ¿qué hago yo, reverendo padre?

—Procurar que se desunan los dos amantes, valiéndose de la revelación que antes hemos acordado.

—¿Y si este recurso no produjera efecto?