—Diga usted, caballero. Usted debió encontrarse en la barricada que el 22 de junio levantaron ahí, en la cercana plaza. Enriqueta me dijo que lo vió a usted escapar.

—¡Ah!... ¿Le dijo Enriqueta que me había visto próximo a ser fusilado?

La baronesa comprendió que daba un paso en falso para su orgullo si revelaba a aquel hombre que el espectáculo de su próxima muerte había sido causa de la enfermedad de su hermana.

Esto equivalía a darle a entender que Enriqueta le había amado hasta la muerte.

—¡Bah! Enriqueta nada vió, o, al menos, nada me dijo. La pobrecita estaba impresionada por la vista del cadáver de su esposo, al que amaba mucho, aunque usted se empeñe en afirmar lo contrario. Esto fué lo que la produjo su lenta agonía. Pero conteste usted, caballero: ¿Estaba usted en la barricada de la plaza de Antón Martín?

El comandante contestó afirmativamente.

—Pues entonces usted sabrá quién mató a mi cuñado. Nadie lo vería mejor que usted.

La baronesa recalcó mucho estas palabras, y Alvarez, incapaz de fingimientos, y creyendo que ella conocía la participación que su asistente Perico había tenido en el suceso, se inmutó hasta el punto de palidecer y balbucear con visible dificultad una débil excusa.

—No, señora; no vi nada. No sé quién pudo ser el matador.

—¡Oh!—afirmó doña Fernanda con vehemencia varonil—. Lo sabe usted perfectamente. El rostro le hace traición; está usted turbado y se delata como asesino del pobre Quirós. Ya estaba yo convencida de que el matador no podía ser otro que usted.