Alvarez, absorto ante aquella acusación inesperada, sólo supo levantarse del sillón, exclamando con una extrañeza que acreditaba su inocencia:

—¡Yo, señora! ¡Yo asesino! Usted no me conoce.

—Sí, usted—gritó doña Fernanda con la faz rubicunda por la cólera y poniéndose en pie—. Salga usted inmediatamente de aquí.

Y serenándose inmediatamente dijo con una ironía cruel:

—A menos que en los presentes tiempos revolucionarios, los hombres como usted estén autorizados para venir a turbar la paz de una casa honrada y para insultar con su presencia a una dama respetable.

Alvarez cerró los ojos con nerviosa contracción, como si acabase de recibir un latigazo en pleno rostro, y apretó convulsivamente sus puños. ¡Ira de Dios! ¡Por qué aquel marimacho no había de cambiarse en hombre para tener él el gusto de pulverizarlo a golpes!

La lengua de la baronesa era demasiado expedita y sus insultos sobradamente crueles para sufrirlos con calma; pero a pesar de esto aún hizo Alvarez un esfuerzo y se dominó, consolándose con la idea de que se sacrificaba por su hija.

—Señora, le ruego que se calme, por lo que usted más quiera. Yo no he sido nunca asesino. Profesaba a Quirós un justo odio, pero para vengarme de él acudí a medios nobles y leales, como él podría atestiguarlo si viviese.

—¡Salga usted! ¡Salga usted ahora mismo!—repetía con tenacidad la baronesa, que deseaba aprovechar la ocasión para librarse de su enemigo.

Sabía ya de Alvarez cuanto deseaba, y ahora quería separarse cuanto antes de un hombre que le era odioso.