—¡Eh, señora! Yo he venido aquí por un asunto que usted seguramente olvida. Quiero ver a mi hija, necesito darla un beso, después de una larga separación. Es un consuelo que reclama un padre.

—Pues puede usted prepararse a consolarse por sí mismo—repuso con insolencia la baronesa—, pues la niña no la verá usted nunca. Salga usted..., pero con la condición de que ya nunca volverá a entrar aquí.

—¡Me arroja usted de esta casa!

—Sí, señor. Le arrojo, y si tarda usted en salir llamaré a los criados.

—Sería inútil su auxilio si yo me empeñase—dijo Alvarez con convicción de su superioridad—. No llame usted a nadie para hacerme salir de aquí, pues les sería difícil despacharme a viva fuerza; pero tranquilícese usted; me voy por mi propia voluntad.

Y Alvarez, tembloroso por aquel ultraje, buscó el ros que había dejado en el sofá, casi a tientas, pues el furor le cegaba.

Cuando ya estaba en la puerta del salón volvióse a mirar a la baronesa, que tras una butaca y apoyando las manos en el respaldo, se erguía enorgullecida por su triunfo. Aún sabían imponerse las gentes privilegiadas a la canalla triunfante.

—Hace usted mal, señora, en ultrajarme de tal modo. Soy un hombre honrado, pero cuando me tratan tan injustamente me siento capaz de todo. Hoy no estamos en la misma situación que hace algunos meses, y yo no tengo ya por qué ocultarme. Para algo hemos barrido la inmundicia que ustedes habían arrojado sobre la nación. Quiero lo que es mío; quiero a mi hija. Allá veremos quién gana al fin.

La baronesa torció ligeramente la boca con un gesto de desdén.

—¿Amenazas también?... No temo nada, caballero. Tengo amigos en la presente situación. Hablaré con alguien que meta a usted en cintura.