Al principio pensó en avistarse con Serrano, aquel amigo Paco, que era para ella el ángel de salvación en la tormenta revolucionaria que forzosamente atravesaba; impetraría su auxilio, pidiéndole que el Gobernador de Madrid cuidase de vigilar a Alvarez para evitar que robase a la niña.
Pero pronto se convenció de que esto era imposible. A un hombre como Alvarez, que tantos servicios había prestado a la revolución y que era amigo de Prim, resultaba imposible hacerle vigilar en aquella situación, y menos aún que la autoridad intentase contra él una arbitrariedad.
Nada podía hacer su generoso amigo para salvarla de la venganza de Alvarez. Si éste le arrebataba la niña, entonces todo lo más que la autoridad podía hacer en su obsequio sería cumplir la ley, saliendo en persecución del raptor, que, públicamente, no tenía derecho alguno sobre la que realmente era su hija.
A doña Fernanda no le cabía duda alguna de que el militar procuraría arrebatarle la niña, aunque fuese a viva fuerza, y al mismo tiempo estaba convencida de que para nada podían servirle sus valiosas relaciones. ¡Oh! ¡Si aquello le hubiese sucedido antes de la revolución! ¡Si algunos meses antes, aquel mismo Alvarez hubiese osado insultarla, amenazándola con su venganza! Entonces le hubiese bastado una visita al Ministerio, tal vez una simple tarjeta, para que al momento, y sin alegar motivo alguno, hubiese sido arrestado el hombre que la estorbaba y conducido después a Chafarinas o Fernando Póo, en las famosas cuerdas.
¡Qué tiempos tan villanos aquéllos de la revolución! Una persona distinguida quedaba al nivel de las de más baja estofa y de nada le servían las relaciones que antes le daban omnipotencia.
Convencida la baronesa de que le era imposible luchar con aquel hombre, que tanto había despreciado, y que ahora la odiaba por recientes ultrajes, buscó un medio de salir del atolladero.
Ella no se dejaba arrebatar la niña. Antes al contrario, parecía que la quería más desde que el descamisado pretendía aparecer como su padre y participar de su cariño.
La baronesa, sola en aquella casa, que tantos recuerdos de familia tenía para ella, sin otros acompañantes que la servidumbre, alejados sus queridos consejeros, los padres jesuítas, y separada de su Ricardo, aquel futuro santo que la enorgullecía como la honra de su familia, sentía imperiosamente la necesidad de amar. Su carácter, seco y áspero en la juventud, habíase modificado con la edad, como esas piedras bastas y angulosas que el tiempo va puliendo hasta darlas una fina tersura, y ahora, teniendo en sus brazos aquella niña de hermosa cabecita, y escuchando su seductora charla infantil, sentíase arrastrada por arrebatos desconocidos y por nuevas emociones, que la hacían presentir los goces de la maternidad.
Pasó una noche terrible, agitándose nerviosamente en su lecho cada vez que pensaba en la posibilidad de que su Marujita le fuese arrebatada, y a la mañana siguiente había ya adoptado una resolución.
Saldría aquel mismo día de Madrid y pondría a la niña en un lugar seguro y a cubierto de cuanto pudiese intentar su padre para apoderarse de ella.