¡Qué locura! ¿Pues no le parecía que cantaba aquella vasta y deslumbrante llanura, entonando un himno vago que no producía en sus oídos conmoción alguna, pero que veía vibrar en el espacio?

Era aquello un terrible despropósito; mas no por esto resultaba menos cierto que la risueña vega, con sus azuladas montañas de tonos violáceos y su mar que se confundía con el azul del cielo, entonaba una sinfonía muda, una música de la que gozaban los ojos en vez de los oídos y en la cual cada color representaba una nota, un instrumento que interpretaba su parte, con nimia exactitud, sin desentonar en el armonioso conjunto.

María recordaba las fiestas del colegio, aquellas representaciones teatrales en honor de la santa patrona del establecimiento; la comedia mística desempeñada por las más avispadas colegialas y en la que ella, por su desenvoltura, se encargaba siempre del papel de graciosa; entonces, durante los entreactos, alegraba con sus risueños sones las desiertas salas del edificio una orquesta formada por los músicos más viejos de la ciudad, que asistían a los entierros y a las funciones religiosas.

La joven había oído en tales ocasiones interminables sinfonías de carácter clásico, y ahora encontraba que era muy semejante aquella maravillosa sucesión de colores, con el engarce de notas de las grandes piezas musicales.

Dudó al principio, pero al fin se dió por convencida. ¡Oh!... ¡Maravilloso!... ¡Divino!... El campo entonaba su sinfonía ni más ni menos que como salía de los instrumentos de todos aquellos profesores viejos, la mayor parte con peluca, que alegraban el colegio en la fiesta anual.

Primero, las notas aisladas e incoherentes de la introducción eran aquellas manchas verdes y aisladas de los árboles del río, las masas rojizas de los puentes y edificios, las mil formas que se veían recortadas, separadas e individuales a causa de su proximidad, y tras esta incoherencia de colores, que por estar próximos al espectador no podían confundirse y armonizarse, tras esta breve y fugaz introducción, entraba la sinfonía, brillante, deslumbradora, atronándolo todo con su grandiosidad de conjunto y sin perder por esto el gracioso contorno de los detalles.

Los cabrilleos de las temblonas aguas de acequias y riachuelos, heridas por la luz, eran el trino dulce y tímido de los melancólicos violones, destacándose sobre la masa de los demás tonos; los campos, de verde apagado, hacían valer su color como suspiros tiernos de clarinetes, esos instrumentos que, según Berlioz, “son las mujeres amadas”; los agitados cañares, con sus amarillentas entonaciones, esparcidos a trechos, parecían formar el acompañamiento; los trozos de frescas hortalizas, con sus tonos claros y esplendentes, como charcos de esmeralda líquida, resaltaban sobre el conjunto cual apasionados quejidos de la viola de amor o románticas frases de violoncelo, y en el fondo, aquella inmensa faja de mar, con su tono azul espumado, semejaba la nota prolongada del metal que, a la sordina, lanzaba un suspiro sin límites.

Sí. María se afirmaba cada vez más en su idea. Era aquello una sinfonía clásica, en la que el tema fundamental se repetía hasta lo infinito.

El tema era la nota verde, que tan pronto se abría esparciéndose para tomar un tono blanquecino como se condensaba y obscurecía hasta convertirse en azul violáceo.

Semejante al pasaje fundamental que salta de un atril a otro, para ser repetido por los diversos instrumentos en los más diversos tonos, aquel verde eterno jugueteaba en el paisaje, subía y bajaba perdiendo o ganando en intensidad, se hundía en las aguas tembloroso y vago como los quejidos de la cuerda, se tendía sobre los campos desperezándose con movimientos voluptuosos y dulzones como las melodías de los instrumentos de madera, se extendía azulándose sobre el mar con prolongación indefinida, como el soberbio bramido del metal, y para completar más el conjunto, cual el vibrante ronquido de los timbales matiza los pasajes más interesantes de una obra, el sol arrojaba brutalmente a puñados sus tesoros de luz sobre aquella inmensidad, haciendo resaltar con la brillantez del oro unas partes y dejando envueltas otras en la penumbra del claroscuro.