Y la soñadora niña, con su exaltada fantasía, seguía la marcha de aquella sinfonía muda, que por partes iba desarrollando ante sus ojos sus sublimes grandiosidades.

La blancura de los caminos eran cortos intervalos de silencio en aquel gigantesco concierto, el cual, una vez salvados tales obstáculos, seguía desarrollándose con todas las reglas de la sublimidad artística. El tema crecía en intensidad y brillantez conforme iba alejándose y adquiriendo un tono obscuro; en las orillas del mar llegaba al período esplendente, a la cúspide de la sinfonía, y desde allí comenzaba a descender, buscando el final, las postreras notas. Corría el colorido del tema sobre el mar, esfumándose en el horizonte y adquiriendo la suavidad indecisa de las medias tintas; encaramábase por las lejanas montañas, cuya pálida silueta casi confundía sus contornos con el espacio, y desde aquellas alturas arrojábase en pleno cielo y marchaba velozmente hacia el final, como los instrumentos que entran ya en los últimos compases de la sinfonía. Una vez allí, lo que en el suelo y a corta distancia era verde brillante, se difuminaba en tonos débilmente azules hasta ser blanquecinos, como el tema sinfónico que después de ser brillante y ensordecedor, al ser repetido por última vez adquiere la vaguedad indecisa del sueño, y, al fin, se confundía en el horizonte, indeterminable, pálido, extinguido, sin extremo visible, como el último quejido de los violines que se prolonga mientras queda una pulgada de arco, y que adelgazándose hasta ser un hilillo tenue, una imperceptible vibración, no puede darse cuenta el que escucha de en qué instante cesa realmente de sonar.

Podía ser aquello una locura, pero María oía cantar a los campos y al espacio, y gozaba en la muda sinfonía de la Naturaleza, en aquella obra musical silenciosa y extraña, que comenzaba con lentas palpitaciones de tintas campestres, que se iba agrandando hasta el punto de que las diversas tonalidades de color se sofocasen entre sí, como el canto de las sirenas, imperioso, enervante y desordenado, sofoca las solemnes preces de los peregrinos en la obertura del Tanhäuser y que terminaba, por fin, perdiendo su intensidad, palideciendo, como debilitada por aquella orgía de tintas y esparciéndose en el infinito espacio cual el fatigado espíritu que en loca aspiración intenta en vano sorprender el misterio de la inmensidad.

Todas las tardes, apenas la campana del colegio daba el toque del recreo, la niña, cada vez más soñadora, se lanzaba a subir a la azotea, con todo el apresuramiento febril de la joven que se dispone a ir al teatro, donde sus padres sólo la llevan de tarde en tarde.

Ella llamaba su palco a aquella azotea, y el espectáculo que desde allí gozaba parecíale de inacabable novedad, pues nunca llegaba a fastidiarse dejándose absorber por la grandiosa monotonía de la Naturaleza.

Tan atraída se sentía por la azotea del colegio, que muchas tardes, a la hora en que repasaba sus lecciones de solfeo, pretextaba necesidades apremiantes o burlaba la vigilancia de la madre inspectora para subir a aquel punto del edificio, alcázar dorado de sus ensueños, donde hubiera querido vivir a todas horas.

Las puestas de sol la conmovían, hasta el punto de arrancarla gritos de admiración y contraer su rostro con un gesto de estupidez contemplativa.

Aquel espectáculo era aún más hermoso que la sinfonía de colores, y cada día se presentaba bajo una nueva forma, prolongándose sus radicales variedades hasta lo infinito.

¡Cuán hermosa, resultaba la agonía de la tarde!

En los días tranquilos, el cielo era una inmensa pieza de seda azul, por la que rodaba lentamente, sin quemarla, el sol, como una bola de fuego, y cuando en su descenso majestuoso se acercaba al límite del horizonte formábase tomo un lago de sangre, en el cual se sumergía el astro, tomando un tinte violáceo.