—No, señorita—contestó el muchacho con acento algo temblón—. El violín lo tengo ahí dentro y yo no me siento con ganas de tocarlo.

Se detuvo algunos instantes y después, haciendo un esfuerzo como para tragar algo que le obstruía la garganta, añadió con voz que apenas si el temblor dejaba oír:

—Me gusta más hablar con usted que tocar el violín.

María prorrumpió en alegres carcajadas y batió palmas. Le resultaban muy graciosas las palabras del muchacho. Ella también gustaba mucho de hablar con él, y por esto, con acento de ingenuidad, exclamó:

—¡Oh, sí! Tiene usted razón; hablemos. Esto es más divertido.

Y añadió inmediatamente con marcado apresuramiento, como si le quemase la lengua una pensada pregunta que deseaba arrojar lejos de sí:

—Ante todo, yo me llamo María Quirós de Baselga, y, según dicen las buenas madres, soy condesa. ¿Cuál es el nombre de usted?

El muchacho quedó como espantado al saber que aquella linda cabecita erizada de desordenados bucles era de una condesa. Por eso manifestó cierto reparo en contestar, y fué preciso que María le volviera a repetir con impaciencia:

—¿Cuál es el nombre de usted?

—Me llamo Juan.