—Me gusta el nombre: Juanito.

Y quedó silenciosa como paladeando aquel nombre que decía gustarle.

—¿Juanito a secas?—añadió con curiosidad creciente.

—Juanito Zarzoso.

—¿Es usted de Valencia?

—Sí, señora. Vivo en esta casa con mi mamá.

—¡Ah! ¡Tiene usted madre!—dijo María con la dolorosa extrañeza del que carece de una cosa que poseen la generalidad de los que le rodean.

—Sí; tengo mamá. La pobrecita está casi ciega y sólo sale a paseo cuando yo la acompaño. Papá era magistrado y murió siendo yo muy niño.

Estas palabras conmovían a la niña sin que ella pudiera explicarse la causa. Aquella señora casi ciega, que salía a paseo apoyada en su hijo, a pesar de que era para ella un ser desconocido, casi la hacía llorar.

Parecíale más interesante el muchacho desde el momento que había comenzado a decir quién era.