Por fin, un día se lanzó el muchacho, y su resolución resultó tan ridícula como todas las que toman los caracteres tímidos después de innumerables vacilaciones.

Fué a la mitad de una conversación interesante, sobre el importantísimo tema de que en verano hace más calor que en invierno, conversación que María seguía con cierta sorna y no menos despecho, cuando Juanito, comprendiendo que la timidez le hacía decir innumerables necedades, se detuvo en seco, y después, cerrando los ojos como un desesperado que se arroja a un precipicio, dijo con acento imperioso:

—Yo tengo que decir a usted una cosa.

María sonrió picarescamente. ¡Oh, por fin!

—Hable usted. Diga cuanto quiera, Juanito.

Y este Juanito fué pronunciado con una ondulante suavidad de terciopelo. Era como una promesa cierta de que la demanda sería fallada favorablemente.

—Es que... francamente; es que no me atrevo a decirlo de palabra.

María comenzó a impacientarse. Ya surgía de nuevo aquella maldita timidez que aguaba todas sus alegrías.

—Pero criatura, ¿cómo va usted a decirme esa cosa si no quiere hablar?

—Yo traigo aquí una cartita, que quiero lea usted después que se marche.