Aquel chico no tenía apaño: tarde y mal; pero en fin, más valía la carta que un absoluto silencio.
—A ver; venga ese memorial—dijo la traviesa niña riéndose de aquel modo de declararse, que buscaba los procedimientos más tortuosos, teniendo expeditos los más fáciles.
Juanito sacó de su bolsillo una pequeña carta, obra maestra de su ingenio, para la cual había hecho veinte borradores distintos y roto una docena de pliegos satinados por descuidos caligráficos más o menos importantes.
Tuvo un verdadero disgusto a ver agarrada horriblemente una de las puntas del sobre, pero aún aumentó su pesar, al tropezar con los inconvenientes que se oponían a la transmisión de la carta.
¿Ella no tenía un hilo? Pues él tampoco. Y el desgraciado muchacho, después de algunos cabildeos, se resignó a meter dentro del sobre dos yesones de la pared, y probó a tirarla arriba con tal lastre.
Las tentativas fueron otros tantos fracasos, y María pataleaba de impaciencia, comprendiendo que aquello era ridículo.
—Mire usted, Juanito; guárdese la carta. Es inútil cuanto hace.
—¡Cómo!... ¡Qué!—exclamó con terror el pobrecillo, como si oyera su sentencia de muerte—. ¿No quiere usted mi carta?
—No. ¿Para qué? Adivino perfectamente cuanto en ella se dice. ¿Por qué no repite usted lo mismo de palabra? ¿Le doy yo miedo?
El muchacho quedó avergonzado y permaneció algunos minutos con la cabeza baja, pero por fin la levantó con repentina resolución. ¿A qué tanto miedo? ¡Adelante!