—Y si usted conoce lo que la carta dice, ¿qué es lo que contesta?
El rostro de María se animó con un rubor ligerísimo, y desde su altura lanzóle una mirada de indefinible seducción.
—¿Yo?... Pues que sí.
—¿Que sí?... ¿Qué es a lo que usted dice que sí?
María se indignó ante tal torpeza.
—¡Hombre, no sea usted majadero! Digo que sí le amo, y que quiero que los dos, ya que somos amigos, seamos también iguales a esas palomas que se buscan, se quieren y se arrullan como unos angelitos. Usted será en adelante mi maridito, y yo su mujercita.
En este ideal inocente encerraba la niña todo el concepto que tenía formado del amor.
Juanito vió el cielo abierto, y miró ya aquella linda cabecita como cosa propia, tanto, que cuando sonó la campana del colegio y la niña hubo de retirarse, el muchacho sintió celos como si María le abandonase para acudir al llamamiento de un rival, y de buena gana, a tenerlo al alcance de las manos, la hubiese emprendido a puñetazos con aquel impertinente artefacto de cascado bronce.
Desde la famosa tarde de la declaración comenzó a desarrollarse entre los dos jóvenes la pasión que había de constituir su primera novela amorosa.
María, puntualmente subía a la azotea a hablar con su maridito, y el inocente matrimonio, para estar más en contacto, había establecido un sistema de comunicación que consistía en un largo bramante a cuyo extremo iba atada una diminuta cesta. María, al retirarse, escondía tras los tiestos de flores esta prueba de delito con la que hacía subir las flores, las lindas estampas y todos los objetos que la regalaba su apasionado adorador.