¡Cuán veloces transcurrían entonces las horas en que podían verse los pequeños amantes!
Sus conversaciones eran triviales, inocentes, sosas; María, más viva y despierta en materias de amor, reconocía en su novio una candidez que la hacía reír, pero a pesar de esto tenían gran encanto aquellas pláticas cuyo continuo tema era la promesa de amarse eternamente sin dejar nunca que el olvido o la frialdad se introdujeran en sus relaciones.
—¡Oh! Sí, Marujita mía; te amaré siempre, te seré fiel hasta la muerte, como lo son esas palomas que todas las tardes vienen a arrullarse en este tejado.
—¿Que si te quiero? Más que a mi vida. Ahora tengo más ganas que nunca de ser hombre para hacerme rico y célebre y llegar a ser tu maridito de verdad.
Y estas apasionadas expresiones y juramentos de amor, acompañados con otras cursilerías por el estilo, eran el eterno tema de sus conversaciones.
Aquel par de muchachos no se daban nunca por vencidos en punto a decirse ternezas interminables; siempre, al separarse, se encontraban con que no lo habían dicho todo, pero sí que se cansaban de estar siempre separados por aquel muro y además les parecía que era muy breve el tiempo de la entrevista.
Verse de cerca, estrecharse las manos, hablarse con las bocas casi juntas y mirar su propia imagen en los ojos del otro era un deseo que les roía la imaginación a los dos.
A María fué a quien primero se le ocurrió aquella idea, y aunque arriesgada le pareció muy natural.
Cuando después se le ocurrió a Juanito desechóla inmediatamente, juzgándola como un deseo extravagante.
Pero como si aquellos dos pensamientos iguales se atrajesen por su misma identidad, el asunto no tardó en surgir en la conversación.