El miedo la hacía temblar; teniendo sus desnudos pies sobre el frío suelo, su frente era surcada por gotas de sudor, y al tropezar con una escoba que había dejado olvidada en la escalera de la azotea, le faltó muy poco para huir despavorida con dirección a su dormitorio pidiendo socorro; pero, por fortuna para ella, pudo dominarse y llegó a la puerta del tejado, poniendo sus manos en el gran cerrojo.
Aquella tarde había tomado ella sus precauciones para que el cerrojo corriese sin ninguna dificultad ni delatores chirridos, y así ocurrió, felizmente.
Al encontrarse María en el centro de la azotea, aquel lugar que tan familiar y querido le era, un suspiro de satisfacción ensanchó su oprimido pecho.
Por fin ya estaba a gusto, como en su propia casa; ya no sólo experimentaba esta tranquilidad, sino que había recobrado su valor, y ahora le parecía una soberana ridiculez el miedo experimentado momentos antes.
La noche era obscura; el cielo, aunque despejado, tenía un triste azul negruzco que no lograban aclarar los luminosos parpadeos de las vigilantes estrellas; pero María, habituada a la densa sombra de abajo, encontraba excesiva luz y veía claramente cuanto la rodeaba.
Allí estaban sus queridas plantas; aquel tupido follaje que le servía de dosel en las horas de sol, y hasta distinguía las blancas y gentiles campanillas que se desperezaban entre las hojas y reanimadas por el fresco de la noche abrían sus boquitas de fino raso enviándola su aliento de perfumes.
La luz de las estrellas sólo sacaba muy débilmente de la obscuridad los contornos de aquel paisaje conocido, y María, por la fuerza de la costumbre, lanzó una hojeada al horizonte en el que apenas si se marcaba el perfil de los edificios y las arboledas.
Buscó tras los tiestos de flores el bramante y la pequeña cesta que le servía para subir los regalos de Juanito, y una vez que los encontró, con el corazón palpitante de emoción, subióse a su observatorio.
Por fin iba a saber lo que era el amor de cerca; iba a ser igual a una de aquellas señoritas pintadas en los abanicos que, apoyadas en una almena, reciben con los brazos abiertos al mancebo que sube por la consabida escala de seda.
Apenas se asomó al borde del muro vió rebullirse a una sombra en la obscuridad de abajo.