—¿Estás ahí, Juanito?

—Sí, vida mía. Echame el cestillo y subirás la cuerda.

María arrojó el bramante y poco después lo recogía, llevando agarrada a su extremo una cuerda gruesa con un garfio de hierro.

Ya tenía la niña la cuerda en la mano y se disponía a agarrar el garfio de una columnilla de hierro, cuando se detuvo para hacer otra cosa. Sus pies descalzos se lastimaban sobre aquellos ásperos tiestos.

Un ligero siseo la hizo asomar de nuevo la cabeza.

—¿Pero qué haces? ¿Es que no encuentras dónde fijar la cuerda?

—Espérate; no seas impaciente, que ahora mismo subirás. Me estoy poniendo las botinas.

Poco después, el muchacho tiraba del extremo de la cuerda al oír: “Ya está”, y encontrándola firme comenzó a ascender por ella con ágil rapidez.

Para él resultaba un juego aquella ascensión, y con unas cuantas contracciones llegó a la azotea, dentro de la cual saltó con sobrada brusquedad.

—¡Chits!..., ¡demonio! No andes de ese modo, que el dormitorio está abajo y nos pueden oír.