Juanito quedó inmóvil y como embobado ante esta repulsa de su mujercita.

María experimentaba cierta decepción. Ella esperaba otra cosa como principio de la entrevista. Los trovadores como aquél, al subir hasta donde estaba su dama, debían arrodillarse y besarle la mano, o cuando no, algo parecido que ella no sabía explicarse, y aquel gran pazguato, en vez de hacer esto entraba en la azotea como un salvaje, moviendo gran ruido con su pesado salto y exponiéndose a que las monjas se apercibieran de que alguien andaba pon el tejado.

Era la primera vez que el muchacho entraba en la azotea, de la cual sólo veía desde abajo el follaje; así es que lanzó una mirada de curiosidad a su alrededor y cuyo significado comprendió María.

—Eh, ¿qué te parece? Es bonito esto, ¿no es verdad? Mira qué plantas tan hermosas, que campanillas tan perfumadas.

Y la colegialita, con el aire de una persona mayor que hace los honores de la casa y llevando agarrado a su novio de un brazo, fué enseñándole todas las preciosidades de la azotea: las guirnaldas de verduras, que como serpientes de hojas subían enroscándose a las columnas de hierro, y los grupos de flores que se erguían sobre las filas de escalonados tiestos.

Juanito encontraba aquello muy hermoso, pero pronto dejó de mirar las flores para fijar sus ojos en su novia, de la cual se veía cerca por primera vez.

Hubiese querido el joven hacer salir el sol en plena noche, un sol que sólo alumbrase aquel rincón de la azotea, para ver de cerca a María y contemplar su cabecita vivaracha, que tanto le impresionaba los otros días asomándose al borde de la tapia. Sus ojos se acercaban a ella haciendo esfuerzos por atravesar la semiobscuridad que los rodeaba y se entregaba a un dulce éxtasis, contemplando aquellas facciones que vagamente marcaban sus hermosos perfiles en la sombra y la mirada brillante con una luz que a él le parecía superior al latido de las estrellas que parpadeaban sobre sus cabezas.

No supieron ellos cómo fué aquello, pero de pronto se encontraron sentados en una fila de tiestos, sin compasión a las flores que aplastaban, y mirándose fijamente, mientras sus cerebros parecían sumidos en lánguido sopor.

Un lúgubre campaneo fué lo que les sacó de aquella contemplación tan estúpida como dulce. Sonaban las doce; ya había transcurrido una hora, ¡Demonio! ¡Y cómo pasaba el tiempo!

Los dos novios permanecían inmóviles, como absorbiéndose el alma con sus miradas, y sólo de vez en cuando cruzaban algunas palabras vagas, incoherentes como las frases de un sueño o las exclamaciones de un ebrio.