Este parecía más absorbido cada vez por el carácter dominador, caprichoso y fantástico de Judith.
Faltaba Zarzoso muchos días a la clínica, por estar hasta muy tarde en la cama fumando cigarrillos y disputando con Judith sobre cuestiones sin importancia; hacía una vida imbécil, que transcurría por las tardes en el Luxemburgo y por las noches en los cafés y en los bailes, y tan grande era el aislamiento a que le sometía tal amor, que muchos días sólo veía a Agramunt durante algunos minutos, cambiando con él insignificantes palabras. Parecía estorbarle la presencia del joven escritor, como si éste, mudamente, le echase en cara su envilecimiento, y en cuanto a don Esteban Alvarez, hacía ya más de dos semanas que no le había visto, tanto porque las exigencias de Judith no le dejaban un momento libre, como porque temía hallarse en presencia de aquel infeliz señor que le abrumaba con los elogios a su virtud.
Todo lo que le recordaba su pasado le avergonzaba, y cuando surgía en su memoria algún recuerdo de sus amores con María, el joven estremecíase con instintivo terror y se ruborizaba intensamente.
Judith, para atraer mejor a su nuevo amante y demostrar las ventajas del amancebamiento, dábase aires de mujer hacendosa, y al mismo tiempo que reñía al garçon del hotel porque, según ella, no hacía dignamente el arreglo del cuarto, andaba siempre a vueltas con la ropa blanca de Zarzoso, y, armada de dedal y aguja, pretendía hacer zurcidos con puntarracos disformes, que demostraban que nunca habían sido su fuerte las labores femeniles.
Justamente en el armario-espejo, que era donde estaba la ropa blanca, tenía oculta Zarzoso una cajita de laca que contenía las cartas escritas por María, y un sinnúmero de objetos insignificantes, pero queridos, que le recordaban aquella pasión terminada de tan inexplicable modo.
La cajita estaba oculta bajo un montón de ropa blanca que no parecía haber sido tocado por Judith, pero, a pesar de esto, el joven temblaba cada vez que la rubia metía sus manos revolvedoras en el armario.
Una tarde en que Zarzoso estaba solo, se resolvió a sacar de allí la cajita para ponerla en punto más seguro, como era el cajón de la mesa de escribir cuya, llave llevaba siempre consigo.
Sería para él un tormento horrible que Judith, con sus manos pecadoras, cogiera tales recuerdos de su amor y que les dirigiera alguno de aquellos chistes cínicos que constituía su repertorio gracioso, burlándose de María, de la mujer dulce y virtuosa, cuya imagen, a pesar de todos los encanallamientos, estaba en pie en lo más íntimo de su ser, como la imagen en el fondo del sagrado santuario.
El quería evitar tan terrible escena, porque si Judith, al descubrir algún día sus antiguos amores, era capaz de burlarse de la mujer amada como si se tratase de una compañera, sería posible que él, cegado por la rabia, estrangulase a su querida.
Sacó la cajita del armario, y, con temblorosa emoción, como si llevase en sus manos un objeto sagrado, la dejó sobre la mesa y permaneció mucho tiempo con los ojos fijos en la charolada tapa. ¡Qué recuerdos acudían a su memoria!