Un deseo vehemente se apoderó de él. Parecíale que dentro de aquella caja se agitaba comprimida una atmósfera de casta pasión, un ambiente de virtud; y el desgraciado sentía deseos de abrirla, como si de ella fuese a surgir un purificante Jordán en el que podría lavar las suciedades de su degradación y su encanallamiento.

Con mano trémula, e instintivamente, abrió la caja y lo primero con que tropezaron sus ojos fué con el rostro hermoso, tranquilo y feliz de María, que sonreía desde el fondo de la caja, sobre un lecho formado por el paquete de antiguas cartas.

Aquella aparición pareció romper el encanto fatal y corruptor a que estaba sometido Zarzoso desde que conoció a Judith. Esta le parecía ahora un monstruo repugnante, un amasijo de corrupción y de vicios modelado artísticamente por la experta mano del diablo, y contemplando el sereno rostro de María, dábase cuenta exacta de su situación y lloraba desconsolado como pudiera hacerlo el doctor Fausto cuando, después de dormir con Elena, la prostituta de los siglos, pensara en la dulce y sencilla Margarita.

Permaneció mucho tiempo el joven inclinado sobre aquella caja de la que parecían salir efluvios consoladores que refrescaban su espíritu angustiado. Las campanadas de los relojes de la vecina plaza le volvieron a la realidad. No tardaría en llegar Judith, y el joven se apresuró a esconder la cajita en su mesa con la misma zozobra del ladrón que teme ser sorprendido en su infame tarea.

Pero antes de ocultarla quiso apreciar por última vez, en todos sus detalles, aquel tesoro amoroso, y hundió sus dedos en la cajita.

Allí estaban sus cartas, tal como él las había atado, con una cinta de color rosa; allí el retrato de María y debajo un pañuelo de mano, que cariñosamente la había arrebatado una mañana que paseaban por el Retiro... Pero ¡Dios mío! ¡Algo faltaba allí!... ¿Qué era? ¿Qué era?... Y el pensamiento del joven, con la velocidad de un relámpago, recordó cuanto le había entregado María como prueba de amor.

¡Ah! Ya sabía lo que faltaba allí. El recuerdo de María más íntimo y más personal: un rizo de sus cabellos que le había entregado en presencia de doña Esperanza la víspera de su partida a París.

El joven lo había sacado de su cajita muchas veces en aquellas noches de insomnio y de desesperación, que le causaba el silencio de María, y recordaba cómo aquel rizo estaba envuelto en un papel finísimo, sobre el cual, la adorable mano de la joven había escrito con su correcta letra inglesa y algunas adorables faltas de ortografía: A mi Juan: en prueba del eterno amor de su María.

Aquella falta, tan repentinamente notada, aturdió al joven, sumiéndole en una confusión enloquecedora.

Con mano ansiosa revolvió la cajita, buscó hasta en el interior del paquete de cartas, y... nada; el rizo con el papel que le envolvía no aparecía en parte alguna.