Aquel recuerdo resultaba el más querido para Zarzoso, pues era la primera y única concesión que María había hecho a su ya que a fuerza de ruegos había conseguido que la joven le diese un rizo de su cabellera. Además, ¡qué de recuerdos tenía para él esta prenda de amor!, ¡cuántas noches se había pasado besando y suspirando con aquel recuerdo de la mujer amada junto a sus labios!

En el aturdido cerebro de Zarzoso surgía un mundo de atropellados y contradictorios pensamientos.

La posibilidad de que en una de aquellas noches de desesperación amorosa hubiese dejado olvidado sobre la mesa el recuerdo de María, y a la mañana siguiente el criado del hotel lo hubiese hecho desaparecer en su indiferente limpieza, le desesperada; pero esta explicación no le parecía conveniente, y acariciaba con mayor predilección una sospecha, que poco a poco iba agrandándose en su pensamiento.

¿Si sería Judith quien, aprovechando una de sus ausencias, le arrebató aquella prenda de amor, por lo que de íntima tenía, para hacer burla después con sus amigas de aquella pura pasión? No resultaba muy verosímil esta sospecha, pues parecía que Judith no se había apercibido de la existencia de la cajita: paro por otra parte el joven desconfiaba de su querida, cuyo carácter astuto y maligno le era bien conocido.

Sí; ella debía de ser la autora de la sustracción, y Zarzoso, enfurecido por el fatal descubrimiento, se proponía interrogarla apenas se presentase, y se sentía capaz de todas las brutalidades, si es que llegaba a convencerse de la culpabilidad de su querida.

Acababa de ocultar la cajita en el cajón de su mesa, cuando entró Judith, vestida con un traje de colores llamativos y demostrando mayor descoco que de costumbre. Ya no era la muchacha hábil que sabía fingir ternura y apasionamiento; era algo más que la cocotte cínica y descocada; era la loca del barrio, la muchacha excéntrica y depravada, que no tenía noción alguna de la moral, que pisoteaba las más rudimentarias conveniencias sociales, y que creía que la virtud, el amor y la decencia eran defectos que afeaban a las personas honradas y tranquilas, que ella desdeñosamente llamaba burgueses.

Zarzoso quedó frío ante aquella ruidosa entrada. Entre la Judith que él momentos antes, allá en su imaginación, se proponía interrogar y la Judith que ahora tenía delante existía una inmensa diferencia.

¿Cómo iba a hablar a aquella perdida de su antigua pasión y de unos recuerdos de amor tan sagrados? ¿Y si ella no era la autora de la sustracción, ni se había apercibido de nada, y resultaba que él la abría los ojos, facilitándole el que se burlara de su antiguo amor?

Zarzoso decidióse repentinamente a no decir nada, proponiéndose obrar con cautela, y espiaría a su querida, para de este modo convencerse de si era cierta su culpabilidad.

Además Judith le aturdió con sus palabras, pues riendo ruidosamente, comenzó a relatarle una aventura muy chistosa que le había ocurrido a una de sus amigas.