Fué aquel mes la época más terrible que en su vida tuvo Zarzoso. Acosó a preguntas al conserje de su hotel y casi le sometió a un interrogatorio, como si temiera que ocultase las cartas recibidas; bajó al portal a las horas en que solía llegar el cartero, para hostigarle con reclamaciones que estaban próximas a originar una pendencia; hasta llegó a ir con Agramunt a la Administración Central de Correos, para enterarse de las probabilidades de extravío que tenía una carta de Madrid a París; pero toda su nerviosa inquietud, toda su irritada movilidad, no le sirvió más que para convencerse de que nadie le escribía, y que aquel silencio postal tenía su principal motivo en Madrid y no en los encargados de transmitir la correspondencia.

Zarzoso presentía en este silencio un hostil misterio, un poder oculto que había descubierto su amor y trabajaba contra él; pero estaba lejos de adivinar su verdadero significado y de dónde procedía.

El joven, desesperado ya, en vez de dirigirse a su novia, escribió a doña Esperanza, la viuda de López, que era a quien enviaba siempre las cartas. Pidióle explicaciones sobre aquel silencio inesperado, pero éste continuó, y si su novia no le escribía, tampoco la viuda se dignó darle contestación.

Entonces Zarzoso llegó a desesperarse de un modo que inspiró inquietudes a Agramunt.

Roído por la incertidumbre y agitado por las sospechas, Zarzoso, a los veinte días de aquel silencio, apeló a los medios más extremos.

Con la desesperación del náufrago que se agarra al más insignificante objeto, confiando que va a salvarse, creyó que apelando al telégrafo adquiriría mejor resultado que valiéndose del correo, y envió telegramas urgentes, con la contestación pagada, a la viuda de López, sin que por esto lograse romper aquel silencio absoluto y desesperado que le salía al paso apenas intentaba comunicarse con Madrid.

Zarzoso no sabía ya qué hacer para explicarse la causa de aquel silencio.

No había que pensar en la posibilidad de que María no contestase por hallarse enferma. En un número de “La Época”, que leyó en el café de Cluny, encontróse con una reseña de un baile, en la que se dirigían elogios a la sobrina de la baronesa de Carrillo, haciendo una descripción dulzona de su hermosura, su gracia y su elegancia.

Además, Zarzoso había pedido noticias a un amigo de Madrid, antiguo condiscípulo de la escuela de San Carlos, en el que tenía absoluta confianza; y éste, que contestó inmediatamente, le dijo haber visto a María en los paseos con el aspecto de siempre, y que en cuanto a la viuda de López, estaba bien de salud y habitaba la misma casa, que era donde Zarzoso dirigía toda su correspondencia amorosa.

Esta noticia hizo llegar al período álgido el asombro y la desesperación del joven.