No estaban enfermas María y su acompañante doña Esperanza; no había ocurrido nada de particular en su existencia; ¿por qué guardaban, pues, tan inexplicable silencio?
Zarzoso, del abatimiento y la tristeza, comenzó a pasar a la violencia. Escribió cartas en estilo amargo, irónico, casi insultante, y las envió a Madrid, sin ser por esto más afortunado ni lograr romper aquel silencio.
Hubo momentos en que acarició la idea de abandonar París y presentarse en Madrid inesperadamente, con el propósito de pedir cuentas a María de su inexplicable conducta; pero el joven experimentaba un pavor infantil al pensar en su tío, y la consideración de que éste podría enterarse de tan extraño viaje era más que suficiente para hacerle desistir.
Enclavado en París, y en aquel aislamiento desesperante en que le dejaba la mujer querida, Zarzoso permaneció un mes entero, experimentando en los últimos días una gran indignación, que trocaba su antiguo amor en irritación sorda y terrible contra María.
El joven creía ya haber encontrado, en los últimos días de aquel mes de espera e incertidumbre, la clave que explicaba tan misterioso silencio.
¡Ah, la miserable! ¡La orgullosa aristócrata! La extensa carta que la había enviado su novio dándola cuenta del encuentro con el que resultaba su verdadero padre, era el único motivo de aquel silencio absurdo. La condesita se avergonzaba, sin duda, de su origen; irritábase indudablemente contra su adorador por haber éste descubierto el misterio de su nacimiento, y a ello era debido que, deseando romper unas relaciones que le resultaban ya molestas, se negara a contestar a las cartas de Zarzoso, acabando los amores con tan villano procedimiento.
Así se explicaba Zarzoso el silencio de María, y como cada vez se sentía más atraído por esta solución que había imaginado, comenzaba a considerar con cierto desprecio as su antigua novia, teniéndola por una mujer vulgar, fatua y preocupada por las ideas rancias de su clase.
En esto iba pensando aquella tarde, al salir de la calle del Sena, y se ratificaba cada vez más en sus ideas, al notar que don Esteban participaba de ellas, aunque no se atrevía a manifestarlo por miedo a aumentar el desaliento que experimentaba el joven médico.
Cuando éste, dejando el bulevar Saint-Germain, entró en el de Saint-Michel, iba tan preocupado con sus pensamientos, que monologueaba en voz baja, gesticulando, hasta el punto de llamar la atención de los transeúntes más próximos:
—¡Qué engañado estaba! Quien mejor conoce a esa familia es Perico, el antiguo criado de don Esteban. ¡Raza de orgullosos, en la que sólo se encuentran amores nocivos! Ahora veo claro; María es igual a todas las mujeres de su familia; tan orgullosa y falta de sentimientos como su tía la baronesa, sólo que con su carita de ángel y su aparente bondad sabe engañar mejor y ocultar la ruindad de su fondo. ¡Vive Dios! ¡Y que no pueda yo dejar de amarla!... ¡Que no tenga yo la fuerza suficiente para olvidar y permanecer indiferente ante ese silencio abrumador!