—Oye, Juanillo—dijo el catalán cuando el joven médico se sentó a su lado—. Esta noche hay baile de moda en Bullier. Ya sabes, concurrencia distinguidísima. Las cocottes con más chic del otro lado del río pasarán esta noche los puentes para asistir a la fiesta y bailar la cuadrilla. Además, se dispararán fuegos de artificio, habrá sorpresas; en fin, un gran programa, según me acaban de decir esos chicos que están en la mesa de al lado. El placer armonizado con la economía; entrada, dos francos para caballero y gratis para las señoras. ¿Vienes?

—No voy—contestó Zarzoso con mal humor.

—Pues harás mal. Necesitas divertirte para que se te vaya esa melancolía cruel que te devora por momentos. Tampoco hoy hemos recibido carta, ¿eh?... Me lo figuraba; ni al mismo diablo se le ocurre enamorarse de una condesita orgullosa, que te ha hecho caso mientras estuviste en Madrid y la divertías con tus miradas lánguidas y tus suspiros, pero que te ha olvidado apenas has vivido algunos meses lejos de ella. Dios sabe cuántos novios tendrá a estas horas la niña. Debes creerme a mí y dejarte guiar por mis consejos, pues aunque no soy viejo tengo experiencia. Diviértete, goza todo lo que puedas y piensa como lo que eres: como un joven de talento que tiene muchos años de vida por delante, y no como un viejo, que anhela casarse y constituir una familia. ¿A quién diablos se le ocurre a tu edad tener novias en serio y tomarse tantos disgustos por si ha venido o no una carta de Madrid? ¿Quién te ha de escribir esa carta? ¿Una mujer hermosa? Pues aquí, sin salir del barrio, las encontrarás a docenas, y de seguro, mejores que aquellas sosas de allá; pues yo, querido, aunque pase por mal patriota, prefiero la mujer francesa. Además, los amoríos de aquí son algo más substanciosos y divertidos que los noviazgos de allá, limitados siempre a palabritas dulces, miraditas tiernas y un sinnúmero de señas con las manos desde el balcón a la calle. Créeme, Juanillo; no seas inocente; ven esta noche a Bullier, y yo me comprometo a buscarte media docena de novias superiores a esa que tienes en Madrid y que tan mal se porta contigo.

Zarzoso comía con la cabeza baja, ocultando la sorda imitación: que le producían las atrevidas comparaciones de Agramunt, el cual no cesaba de animarle a su modo, intentando decidirle a que fuese al baile de Bullier.

De este modo transcurrió la comida, y cuando los dos jóvenes se levantaron de la mesa, Agramunt, con expresión marrullera de cariño, cuyo verdadero significado adivinaba Zarzoso, enlazó su brazo con el de éste y le dijo, con expresión fraternal:

—Vamos, Juanillo, decídete...; ¿vienes?

—No, no voy. No seas pesado—dijo Zarzoso con voz en que se notaba la ira.

—Bueno, pues no reñiremos por eso. Te acompañaré a dar unas vueltas por el bulevar, y a las diez te dejaré para que vayas a casa a llorar tus desdichas. Yo me iré al baile... ¡Ah!, y ahora recuerdo. Harás el favor de prestarme diez francos, por si tengo algún compromiso en el baile. Ya ves, siempre saltan al paso antiguos conocimientos.

Zarzoso sonrió, a pesar de la irritación que sentía. Ya había salido al exterior la verdadera causa de aquella expresión cariñosa que momentos antes había mostrado Agramunt. Siempre que su amigo le hablaba en aquel tono era signo de próximo sablazo, cuyo importe le era después devuelto con más o menos retraso, cuando el escritor cobraba en la casa editorial.

Zarzoso dió a su amigo medio luis, y ambos, encendiendo sus cigarros en el mechero del mostrador, salieron del restaurante.