Bajaron por la ancha acera del bulevar, para ir, como de costumbre, a tomar café a Cluny, y a los pocos pasos ante un gran escaparate de camisas y corbatas vieron a una mujer que parecía mirar con gran atención los géneros expuestos, pero que al hallarse próximos los dos jóvenes, volvió rápidamente la cabeza y se quedó con los ojos fijos en ellos.

Zarzoso hizo un movimiento de sorpresa, sin poderse explicar la causa de ello.

Era la misma mujer de poco antes, la hermosa rubia que había encontrado en el portal de su hotel.

Agramunt tardó más en apercibirse, y cuando ya estaba junto a ella, fué cuando se fijó, haciendo también un movimiento de sorpresa.

—¡Calla!... ¡Es Judith, la rubia!

La joven sonreía, como encantada por aquella sorpresa, y al mismo tiempo movía con mano varonil su latiguillo.

—Sí, yo soy; ya hace tiempo que no nos veíamos.

Y luego, tendiendo su mano con cierto aire soldadesco, dijo al escritor:

—¿Cómo estás tú, buena pieza?

VII